CARTA A ELLIOT: SEIS MESES Y TODAVIA TE ESCRIBO
Seis meses sin ti
13 de agosto de 2026
Hijo mío:
Junio y julio no pude escribirte. No porque no quisiera, es que el dolor me bloqueó. Los primeros meses sin ti estuve en modo automático, haciendo lo que tenía que hacer, tratando de avanzar sin saber muy bien cómo. Pero junio comenzó a llegar como un viento frío que me quemaba el alma y en julio me quebré.
Y me siento tan apenada contigo por no poder cumplir lo que te prometí: ser valiente y ser lo suficientemente fuerte como para seguir adelante. Pero no ha sido así, hijo. No he podido.
Con el paso de los días ha resurgido el dolor de la forma en que te perdimos y muchas veces me pregunto si nuestro dolor sería diferente si no supiéramos las negligencias médicas que tuviste que vivir. Si no tuviéramos tantos recuerdos de los dos últimos años de tu vida, de todo lo que pasó y de tantas veces en las que nosotros sabíamos que algo no estaba bien, mientras quienes debían escucharnos insistían en que todo era consecuencia de tu enfermedad.
Todavía tengo muy presentes aquellos años.
Tengo pesadillas con aquel día en que nos regresaron porque dijeron que no tenías nada, cuando ya no estabas bien, cuando nuevamente me hicieron sentir que yo era una madre histérica que estaba exagerando, cuando lo que yo estaba haciendo era pedir que alguien mirara a mi hijo porque sabía que algo no estaba bien.
Y después vino todo lo demás.
Error tras error médico, situaciones que no siempre fueron reconocidas y que, en algunos casos, ni siquiera quedaron documentadas como debieron.
Todavía tengo pesadillas con aquel momento en que un médico me dijo que lo sentía, que sí se habían equivocado contigo en algunas cosas, pero que ahora ya no había nada que hacer.
Todavía recuerdo dónde estaba, lo que sentí, el dolor y el enojo que me atravesaron en ese momento. No pude gritar, no pude llorar, no pude hacer nada. Solo te tomé en mis brazos, te pedí perdón por no haberte podido salvar de la maldad humana y solo deseé estar junto a la única persona que, al igual que yo, te ama sobre todas las cosas: tu papá.
También tengo pesadillas con las indicaciones que nos dieron. No puedo hablar más de esto, no puedo dar detalles, pero hoy necesito hablar un poco de ello porque el dolor me está consumiendo lentamente y yo necesitaba poder decirlo.
Sé que jamás habrá justicia para ti.
Sé que ya no tiene caso, para muchas personas, siquiera nombrar todo lo que pasó. Sé que probablemente para algunos sea más fácil pensar que ya pasó, que tenemos que dejarlo atrás, que tenemos que perdonar.
Y yo no los contradigo. Sé que algún día tendré que encontrar mi propia forma de hacerlo, si es que algún día puedo.
Pero también necesito reconocer que estoy herida.
Porque perdonar no puede significar negar el dolor que todo esto me ha generado. No puede significar negar el trauma al que estuvimos expuestos tu padre, tú y yo. No puede significar fingir que no pasó.
Y también me aflige pensar que tú estabas viviendo un gran desgaste emocional. Me duele recordar que cada vez que te acercabas a determinados lugares mostrabas resistencia. Me duele pensar en todo lo que pudiste haber sentido y en que nosotros no siempre pudimos protegerte de todo aquello.
Porque la enfermedad siempre estuvo presente, pero tú estabas estable. Y tus dos últimos años de vida estuvieron marcados también por decisiones humanas, por personas que pudieron haber buscado más, que pudieron haber escuchado nuestras dudas y que, muchas veces, prefirieron quedarse con la explicación que ya tenían.
La enfermedad siempre hizo tu cuerpo más frágil, pero no fue la única determinante de lo que ocurrió durante esos dos años. Y me duele pensar que muchas de las cosas que viviste pudieron haber sido diferentes si quienes estaban encargados de atenderte hubieran decidido buscar más allá, si hubieran escuchado lo que nosotros estábamos diciendo y si hubieran tomado en serio aquello que estábamos viendo en ti.
No lo sé y quizá nunca lo sabré, pero esa pregunta me va a acompañar toda la vida.
Me duele que socialmente se normalicen esas prácticas. Me duele pensar que quizá otras familias estén viviendo situaciones similares y que sus voces también estén siendo ignoradas. De verdad espero que nadie vuelva a pasar por algo así, pero a veces abro las redes sociales y me encuentro casos tan complicados, incluso más complejos que el tuyo, y no puedo evitar pensar en cuántas familias estarán pasando por situaciones parecidas.
Hace poco tu papá y yo vimos una película sobre el juicio de Núremberg. La conclusión de Kelley me pareció profundamente perturbadora y también marcó un quiebre en la visión del mundo de tu papá: descubrir que aquellos jerarcas nazis no padecían locura ni trastornos mentales clínicos, sino que eran personas funcionales, inteligentes y perfectamente conscientes de muchas de las cosas que estaban haciendo.
Fue una conclusión terrible: descubrir que el mal no necesariamente viene de personas que podamos identificar como monstruos o como personas fuera de la realidad, sino que también puede existir en seres humanos ordinarios, capaces de tomar decisiones y de actuar dentro de sistemas que terminan normalizando lo que hacen.
En la película hay una escena, casi al final, en la que se habla de que esto lo seguiremos viendo.
Y fue inevitable conectarlo con lo que hemos vivido durante estos últimos años.
Porque yo sé que también hubo personas dentro del sistema de salud que hicieron lo mejor que pudieron, a pesar de las limitaciones que tenían. Hubo personas que realmente hicieron todo lo que estaba en sus manos por ti, y no quiero borrar eso porque también sería injusto.
Pero también hubo otras personas que pudieron haber hecho más, que pudieron haber buscado más, que pudieron haber escuchado y que no lo hicieron, y eso también forma parte de tu historia. No puedo borrarlo, pero tampoco quiero hacerlo. Quizá algún día pueda hablar de todo esto sin que me queme por dentro, hoy todavía no, hoy todavía me duele demasiado.
Y sí, sé que algunas personas pensarán que hablar de esto no me ayuda, que debería dejarlo ir, que debería perdonar. Y no las contradigo, pero también necesito permitirme reconocer que estoy herida, que tengo rabia, que tengo preguntas y que hay cosas que todavía no comprendo. No todo el dolor tiene que convertirse inmediatamente en aprendizaje, quizá primero necesito permitirme vivirlo y entenderlo.
Sé perfectamente que hablar de esto me expone en todos los aspectos y que también me aísla más de las personas, como todas aquellas que decidieron alejarse porque quizá sienten que ya no tengo nada más que hablar, porque mi vida ahora está llena de esto, porque ya no soy la misma persona que era antes. Y quizá sí, quizá mi vida ahora es un tanto vacía y para muchas personas nada interesante, pero tú eres mi hijo y no sé cómo podría dejar de hablar de ti, cómo podría hacer como si no hubieras existido o cómo podría contar mi historia sin contar también la tuya.
Yo no sé cómo hacerlo y tampoco quiero aprender a hacerlo.
Hace seis meses que no estás físicamente conmigo y todavía no sé cómo se supone que debo vivir con eso. No sé cómo se supone que debo aceptar que nunca volveré a escucharte, que nunca volveré a verte entrar por una puerta, que nunca volveré a abrazarte, y todavía me siento culpable. Hasta el último día de mi existencia voy a preguntarme si pude haber hecho algo más. Sé que quizá no sea justo conmigo y sé que quizá otras personas me digan que hice todo lo que pude, pero yo soy tu mamá y una parte de mí seguirá preguntándose por qué no pude protegerte.
Perdóname, mi niño. Sé que debo ser más fuerte, porque tú siempre lo fuiste, pero hoy no puedo. Hoy el dolor es demasiado grande, tan inmenso como el amor que te tengo.
Yo quería enseñarte las cosas bellas de la vida, quería que conocieras el mundo, quería verte crecer, quería seguir acompañándote, quería que tu vida fuera mucho más larga. Y hoy hasta dudo de las cosas que alguna vez quise mostrarte, porque también conocí contigo una parte del mundo que nunca quise que conocieras, una parte cruel, una parte en la que las personas pueden dejar de mirar, pueden dejar de escuchar, pueden equivocarse y después seguir adelante mientras otros tienen que vivir con las consecuencias.
Y tú no merecías eso.
Tú merecías mucho más. Merecías seguir aquí, merecías crecer, merecías conocer todo aquello que yo quería enseñarte y yo quería estar ahí para verlo.
Perdóname, hijo mío. Sé que no pude protegerte de todo, sé que no pude salvarte y quizá esa sea una herida que voy a llevar conmigo durante toda mi vida.
Pero hay algo que nunca voy a cuestionar: te amé, te amo y te voy a amar hasta el último día de mi existencia.
Seis meses sin ti, mi niño. Seis meses tratando de entender cómo se vive cuando una parte de tu vida ya no está. Hoy no puedo decir que estoy bien, no puedo decir que soy fuerte, no puedo decir que ya aprendí a vivir con tu ausencia. Solo puedo decirte que te extraño, que me haces falta, que todavía te busco y que sigo aquí, escribiéndote, porque aunque ya no pueda abrazarte, todavía necesito hablar contigo.
Te escribo porque sigues siendo mi hijo y porque, aunque estés al otro lado de esta vida, sigo siendo tu mamá.
Perdóname, Elliot.
Ojalá algún día puedas hacerlo.
Mamá. Sof Martínez

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