RECALIBRACIÓN YO A LOS 42 TÚ A LOS 13

¿Qué haces cuando la única forma de ser exitoso es renunciar a todo lo que siempre consideraste éxito?

Este año me obligó a confrontar una verdad incómoda: a los 42, mi tren de oportunidades profesionales de 'gran calibre' parece haber pasado. No lo digo para victimizarme; lo digo para reflexionar sobre los costos de mis elecciones de vida, un dilema que sé que algunas personas contemporáneas entenderán. 

Fue el último año en que mi ambición me empujó a buscar un trabajo estable. La respuesta fue un eco de "no": mi CV era "poco relevante", mi posgrado "no atractivo" para la realidad actual, y la gran pregunta subyacente: "¿Por qué a tu edad no tienes logros profesionales más contundentes?"

Mi respuesta es mi decisión de ser madre: Elliot Damián.

Desde que nació, priorizarlo fue la decisión más fácil y, al mismo tiempo, la más costosa para mi carrera. Esta prioridad hoy se traduce en la necesidad de cancelar entrevistas prometedoras o no tener el tiempo —ni el dinero— para seguir estudiando o hacer ejercicio. Es lógico que las empresas e instituciones lo interpreten como falta de compromiso y organización. Yo lo interpreto como una elección consciente, aunque duela el precio.

Esta semana, el golpe vino de forma inusual. Una alumna me comentó que dudaba en estudiar mi profesión (Psicología) porque no quería terminar "sin dinero, como yo". Su honestidad fue una radiografía brutal del juicio social. Si no exhibes un éxito visible a una cierta edad, pasas a ser el ejemplo de lo que hay que evitar. Le di ejemplos de colegas exitosas, porque afortunadamente mi situación no es la norma, pero el comentario me dejó pensando en qué momento el sacrificio se vuelve deficiencia.

Y la precariedad se agudiza ahora que la salud de Elliot ha desmejorado. Un día estable, hacemos planes; la semana siguiente es una pesadilla para los tres. Es agotador y sí, es complejo. Sé que esta realidad se interpreta fácilmente como una queja, y termino catalogada como pesimista.

Hoy recibí la última notificación de rechazo. Palabras amables que, inevitablemente, interpreté como: "No eres lo suficientemente buena, ni tienes la preparación adecuada."

Me siento triste, claro. Pero el miedo más grande no es al fracaso profesional, sino al futuro incierto en el que tengo que "medio sobrevivir" sin poder darle a mi hijo todo lo que requiere.
Y aquí es donde la palabra "renuncia" adquiere su verdadero peso. Yo recalibré mi carrera, pero Elliot, a sus trece años, está viendo cómo se acaba su salud, su vida misma, con las manecillas del reloj. Hace poco perdió el tratamiento que lo mantenía con vida. Él es mi ejemplo de valentía, luchando contra lo inevitable, mientras yo me lamento por un CV.

He llegado al punto donde ya no se trata de triunfar en el sentido tradicional. Se trata de sobrevivir con dignidad y darle estabilidad a mi familia en medio de esta nueva realidad. Es momento de renunciar a mis sueños de vida y profesionales... pero no es una rendición. Es una recalibración profunda ante lo inevitable.

A mis 42, he aprendido que la mayor ambición es la de ser capaz de renunciar a todo lo que creí ser, para ser todo lo que mi hijo necesita. Y en eso, sí, soy eficiente y suficiente…

Sof Martínez 

Elliot Damián y yo

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